Esta madrugada he vuelto a despertarme, sobre las cuatro y media. He intentado volver a dormirme pero no había manera. Me he conectado a Internet, estudiado un rato, jugado un solitario… pero nada el sueño no volvía. Y me siento supercansada sin embargo.
Finalmente lo que he hecho ha sido ducharme y lavarme el pelo (ayer me lo teñí yo sola, las canas incipientes clamaban al cielo), arreglarme y salir a dar una vuelta con el periódico de ayer bajo el brazo, buscando un bar donde acallar la voz de mi estómago pidiendo café recién hecho y tostadas calientes. Todos estaban cerrados menos el de siempre, el de la esquina de la calle de mis padres y allí me he quedado. Tienen buenas tostadas y abren muy temprano pero normalmente hay solo una o dos mujeres mientras que hombres bebiendo y fumando hay lo menos una docena a esa hora de la mañana.
Pedí un café con leche y una tostada. Me dijo que si mollete. Le dije que no, que de viena (es el único sitio de la zona que tienen las vienas tipo La espiga dorada que me gustan). Me ha puesto directamente la mantequilla lorenzana, untuosa y con toda su sal. En el fondo sabe que soy una chica con gustos claros. Y más claros que han quedado, por empezar la semana de la manera menos kosher posible (lo siento, es lo que hay, mi fe estos días no da para más esfuerzos de los necesarios) a la parte de abajo de la tostada le he puesto colorá con lomo. Ufffff… espera deja que me quite el reguerillo de baba que aún tengo… estaba muy buena y me ha levantado un poco el ánimo, entonado el cuerpo… y el espíritu.
Y aquí estoy preparándome para una mañana de correr de un lado para otro. Ahora estudiaré otro rato más antes de salir a la calle.
Que D–s nos coja confesaos esta semana… porque me lo voy a jugar todo a una carta… la de la esperanza. Si sale bien, el amor se queda, si sale mal, el juego se acaba. Si no sale nada, que también puede ocurrir… ajo y agua.
Pero por mí, no se acababa… una, ¡que es masoquista…! y le gusta ponerse agujas y alfileres en el alma.
