Son oscuras las razones por las que todo movimiento progresivo y ascendente debe realizarse con el sudor de la frente, con sufrimientos, malos momentos y penas. Cuando se ha concluido una etapa y se ha superado otro escollo del camino, una mano perversa e invisible arroja nuevas piedras que parecen cerrar y borrar por completo el camino por el que se andaba. Entonces aparece un hombre parecido en todo a nosotros, pero que tiene dentro de sí una fuerza visionaria y misteriosa. Él observa y enseña. Por momentos desea liberarse de ese don superior que a menudo es una pesada cruz. Pero no puede. A pesar de las burlas y los odios, lleva hacia adelante y hacia arriba el pesado y reacio carro de la Humanidad que se detiene entre las piedras.
(“De lo espiritual en el arte”, Kandinsky)
Pensado con menos seriedad y usando las palabras de aquel ejem ejem insigne participante del primer Gran Hermano, que tantas frases inmortales legó a la Humanidad: “Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza…”
